jueves, 29 de octubre de 2009

Trabajo, dinero y capital

El capital financiero es una forma de evolución de la propiedad privada capitalista, de los medios de producción y de cambio objetivizados en el dinero. No es así el objeto poseído la verdadera riqueza, ni la verdadera propiedad, sino el trabajo ajeno comprado con dinero, alienado en el dinero debido a que el productor (obrero) está desposeído de sus medios de producción (capital). En la dialéctica del capitalismo, la propiedad del empresario supone la desposesión del obrero. Como en el capitalismo el trabajo y el capital están separados, como impera la propiedad privada y no se trabaja para una economía comunitaria, resulta que así se enajenan las cosas y los hombres por dinero. Y como lo que importa en el capitalismo es ganar dinero, para procurarse bienes y servicios individualizados, cosa que no sucedería si la riqueza estuviera socializada, los hombres, los hombres en vez de ser solidarios se oponen unos contra otros, debido al dinero y las mercancías.

La tierra produce renta, si el trabajador no es dueño de ella, teniendo que pagarla al señor, la alienación económica del arrendatario es así la desalienación del arrendador , que sería resuelto en una economía autogestionaria de propiedad social.

El capital y la tierra, que son trabajo pasado, o un objeto para el trabajo, si no le pertenecen éste se enajena. El terrateniente o el capitalista no multiplican los panes y los peces: consumen sin sembrar trigo y sin pescar. Con dinero, quienes perciben la plusvalía se procuran abundantes bienes y servicios , mientras los que trabajan carecen económicamente de lo más elemental. Cuando los de arriba, improductivos, se quedan con la mayor parte de la renta nacional , invirtiendo lo menos posible, un país se estanca económicamente. Entonces, para salir del paso, se recurre a la inflación monetaria (para pagar burocracia supernumeraria) y a la devaluación de la moneda nacional (para que todo lo que bajen los precios de exportación fuera del país suban dentro de él), a fin de que la crisis la paguen los trabajadores y los consumidores. El dinero se convierte , en estas situaciones, en medio para la explotación popular.

Las clases privilegiadas manejan los mecanismos bancarios, crediticios, cambiarios y monetarios en su propio beneficio; pero, a la larga, la crisis que es diferida se hace más grande, sin salida, conservando el sistema viciado que la genera; y sucede que cuando las contradicciones económicas se convierten en antagonismos, violentos de clases , plantean un cambio de sistema económico, político y social.

La compra de fuerza de trabajo por dinero se debe a que el obrero está separado del capital: no se pertenece, sino que pertenece al capitalista. Esta dependencia constituye el secreto de la alienación del obrero en su salariado y su patrón. En la edad de piedra el trabajo y el capital iban unidos (brazo y hacha), mientras que en nuestro siglo de las luces, van separados; el brazo no es dueño de la máquina sobre la cual opera: de ahí proceden las crisis económicas, lo inhumano, la esclavización del obrero, el fetichismo monetario, la explotación del trabajo asalariado por el capital privado o de Estado.

Bajo el dominio del viejo capitalismo, las clases productivas y parasitarias eran más evidentes que en nuestra época, en que el capitalismo de Estado da una apariencia de propiedad pública, disfrazada de “propiedad de todo el pueblo”; pero, en realidad, de la tecno-burocracia que dirige, administra y usufructúa el sector público, donde los obreros asalariados siguen siendo tan asalariados como bajo el capital privado: productores de plusvalía, en este caso, no para la burguesía , sino para la “Nomenclatura”, en Oriente; para la burguesía o para la clase política, en Occidente.

Los salarios diferenciales, en el “socialismo burgués o burocrático”, con capitalismo de Estado o con socialismo administrativo, con planificación centralmente planificada, no se superan las clases sociales antagónicas, sino que se conservan con otras formas socio-económicas; aunque están veladas por no tener nombre como tales clases; pero existen objetiva y sociológicamente, ya que el ingreso de un ministro o mariscal soviético son tan desiguales como el de un burgués y un obrero, en Suecia. De modo que el socialismo sin igualdad, o una mínima igualdad entre los hombres, es capitalismo en cuanto a la distribución de la riqueza. Y en verdad, el socialismo no lo es tanto por la producción – que ya es social y cooperativa en la gran industria, con un trabajo productivo muy dividido – como lo debe ser, realmente, por la distribución equitativa del excedente económico producido por el trabajo. Así éste debe dejar de ser asalariado, para transformarse en un ingreso variable en función del excedente económico producido por el trabajo. Así éste debe dejar de ser asalariado, para transformarse en un ingreso variable en función del excedente económico producido por el trabajo asociado con sus medios de producción en empresas autogestionarias, auto-administradas por los trabajadores y no dirigidas por el burguesía (Oeste) o por la burocracia totalitaria (Este).

Todas las “revoluciones socialistas”, sometidas a la “soberanía limitada” de la URSS, y todos las “democracias occidentales” condicionadas por el dólar y las multinacionales de USA, no serán socialistas ni democráticas, mientras el excedente económico producido por el trabajo sea extorsionado por las burocracias totalitarias o por las burguesías monopolistas.

Es necesario desmitificar la economía política contemporánea, que ni en el Este ni en el Oeste es democrática, ya que oculta la explotación del hombre por el hombre al no superar el trabajo asalariado, la producción de plusvalía por ese trabajo enajenado, lo cual conduce a un Estado de clase, burgués o burocrático, y a que el dinero, que debiera ser medio de cambio sin ocultar la plusvalía, se convierta en capital privado o de Estado para explotar a los trabajadores asalariados.

Por otra parte, entre los trabajadores asalariados los hay que producen bienes concretos, producción para el consumo o excedente económico para inversión en equipos más perfeccionados de producción, pero hay trabajadores del sector burocrático improductivo que consumen y no producen nada. Debido al constante aumento de la productividad del trabajo en la agricultura, la industria, la pesca, los bosques, la energía, no desciende en estos sectores productivos la jornada de trabajo, sino que va aumentando el número de empleados en bancos, comercio, sanidad, administración pública y privada, desocupados de toda clase , jubilados en edad temprana, burócratas y tecnócratas de todo tipo, una especie de “nueva burguesía”, particularmente en las empresas públicas con gran déficit, todo lo cual está incrementando la pequeña burguesía sin suprimir la gran burguesía. En estas condiciones, estimuladas por la social-democracia (tipo Suecia) o la democracia cristiana (ensayada como socialismo burgués), la pequeña burguesía, la burocracia y la tecnocracia aumentan tan aceleradamente que ya constituyen la mayoría electoral en casi todos los países industrializados y aún en muchos países subdesarrollados. Estamos, pues, viviendo en una falsa democracia, espúrea, en que el poder político y el poder del dinero van siendo el monopolio de la grande y pequeña burguesía, consorciadas, como clases dominantes, en la democracia parlamentaria, donde los obreros productivos, que van retrocediendo estadísticamente no representan nada ni deciden en nada. Frente a esta estafa política y económica de la democracia parlamentaria, hay una solución: acabar revolucionariamente a la vez con la pequeña y grande burguesía mediante el autogobierno de los productores directos.

La democracia parlamentaria, que surgió con el ascenso al Poder de la burguesía, en la Revolución Inglesa de 1648, en la Revolución Francesa de 1789-93 y en las revoluciones europeas de 1848, ya está obsoleta política, económica, jurídica y socialmente. El ascenso desmedido y acelerado de la clase media improductiva, de la burocracia y de la tecnocracia, sin abolir la gran burguesía, aumenta desproporcionadamente las clases improductivas respecto de los trabajadores productivos. Así las cosas, en el libre juego electoral de la democracia burguesa, siempre van a ganar todas las elecciones las clases improductivas que son las más numerosas, que han aumentado a expensas del incremento de la productividad del trabajo de los obreros y los agricultores, principalmente, dejándolos a éstos en minoría política.

De seguir rectilíneamente el incremento de la productividad del trabajo en el sector de producción de bienes, los trabajadores en servicios aumentarán y los ocupados en la producción disminuirán. Como los productores de bienes, en cierto modo, viven del excedente económico generado por los trabajadores productivos, se va creando una “nueva clase parasitaria”, una burocracia superflua, una masa humana que consume y no produce. Muchos de estos empleados, burócratas, tecnócratas, clases medias de profesiones liberales, con una palabrería izquierdizante se afilian a los partidos socialistas; son asesores de sindicatos institucionalizados; empleados del gobierno, que hablan como trabajadores a los trabajadores productivos; pero que ellos mismos están viviendo de la plusvalía extorsionada al trabajo productivo asalariado.

La democracia parlamentaria, burguesa o pequeño-burguesa, ha conducido al Estado-providencia, a los enormes déficit de los presupuestos de los gobiernos, a la inflación permanente o galopante, porque hay que tener dinero para todo, aunque éste sea cada vez más insolvente. En suma, el Estado ha querido hacer y decidir todo, siendo la empresa económica y política de la clase media ilustrada, para adular a los trabajadores, pero explotándolos por la burocracia o la tecnocracia. Va así la economía de mal a peor, porque la mayor parte del excedente económico producido por el trabajo de los obreros y los agricultores se lo quedan y lo consumen improductivamente las clases medias, falsamente izquierdistas, y las burguesías monopolistas, al servicio de las cuales gobiernan los socialdemócratas, los neoliberales y los democristianos. Frente al Estado caro y malo de todos ellos, hay una solución: la democracia directa, el socialismo de autogestión, la acción directa.

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